Agua

El Valle del Río Grande se limita al este con el Golfo de México, al sur por el Río Bravo, y al norte y al oeste por un enorme desierto de arbustos espinosos.

Es el extremo oriental de la frontera sur de los Estados Unidos.

gene at checkpointsHay dos carreteras que cruzan esta región fronteriza. Alrededor de ochenta millas al norte del Río Grande, el gobierno de los Estados Unidos ha establecido retenes de inspección permanentes sobre estas carreteras, credo, efectivamente, una segunda frontera. Las personas que viajan hacia el norte por la carretera 77 o la carretera 281 son detenidos e inspeccionados por los agentes de la patrulla fronteriza, que forman parte del aparato de seguridad nacional.

Un inmigrante que no tiene la documentación que el gobierno de Estados Unidos requiere para su viaje al norte puede optar por salirse de la autopista en un punto antes de los puestos de control, y intentar evadir los oficiales.

Este desvío implica entrar en el desierto, un lugar poblado de vegetación espinosa, y con víboras de cascabel, y caminar sobre una superficie suelta y arenosa que provee su propia forma de tortura a los caminantes.

De todas formas, muchos de los inmigrantes logran hacerlo.

Y hay muchos de ellos que no sobreviven el intento.

Hace un mes recibí una llamada telefónica de una mujer que estaba desesperado por saber si había alguien que pudiera ayudarla a encontrar a su hijo. “Uno de los compañeros que viajaba con él, dijo que mi hijo se había enfermado, y que habían tenido que dejarlo en la sombra de bajo de unos arbustos. . .me dijeron que el lugar era aproximadamente de dos horas a pie de este lugar llamado Falfurrias. Podrías ir a buscarlo? “, Preguntó, y luego empezó a llorar, dando como respuesta su propio dolor.

El sábado pasado, fui a visitar este lugar de tristeza. Estaba en la compañía de un grupo de estudiantes de medicina, buenas personas cuyos corazones no se han endurecido por el miedo que tanto domina nuestro país. Fuimos en coche, pasando el puesto de control de la Patrulla Fronteriza para llegar al pueblo de Falfurrias, Texas. Íbamos a las oficinas del Centro de Derechos Humanos del Sur de Texas, donde el Sr. Eddie Canales y Hermana religiosa Pamela Buganski, los administradores del proyecto, nos dio la bienvenida, y nos dio una visión general de su trabajo . Entre muchas cosas, Eddie y Sor Pamela mantienen cuarenta y siete estaciones de agua colocadas a lo largo de los senderos que se suponen que los migrantes utilizan. Estas estaciones son grandes barriles azules de plástico. Se ponen dentro varias botellas selladas de agua, y luego marcan el lugar con una bandera de la Cruz Roja.

Eduardo también recupera los cadáveres de los migrantes que muren en el matorral. Muy de vez en cuando, él ayuda en un esfuerzo de rescate.

Como Eduardo habló sobre los desafíos de crear alguna amistad con los ganaderos locales (los senderos migrantes cruzan la propiedad privada), Sor Pamela repartió un cuaderno que tenía fotografías de algunos de los pobres que murieron en el desierto, y que Eduardo había recuperado. Mientras tanto, la hermana compartió varias pizzas y refrescos.

Comer pizza y beber refresco de naranja mientras ver a los restos de los que habían muerto de sed. Ni siquiera sé cómo hacer un comentario sobre esa experiencia.

A continuación, la hermana nos puso a trabajar: cargar los tambores grandes, varias jarras de agua de un galón, y algunos tramos de tubería a una camioneta. Los tubos se utilizaron levantar una bandera de la Cruz Roja que indica la presencia del agua.

A medida que nos preparamos para salir, Sr. Pamela dictó, “Todo el mundo tiene que tener una botella de agua en la mano. Usted necesitará agua en dónde nos vamos “.

Con eso, nos fuimos desierto adentro, pasando por una carretera comarcal que se convirtió en dos carriles de arena compacta. Durante viaje, Eduardo no hizo ni una sola referencia sobre el mandato bíblico de ofrecer un vaso de agua a uno de los más pequeños, ni sobre el privilegio de salvar una vida anónima. En cambio, nos habló de la Constitución de los Estados Unidos.

“Cuando me pongo el agua y levanto esa bandera, me estoy expresando mi opinión, que es mi derecho hacer. Y con esa bandera, les estoy diciendo a todo el mundo, “Estas son personas, son seres humanos”, y luego agregó: “Si nos olvidamos de esto, entonces, como país, estamos desechos.”

La importancia del trabajo de Eduardo y la hermana va mucho más allá de las vidas que salvan, o el recordatorio que presentan y que es necesario que los inmigrantes son personas. Ellos, y los muchos, muchos otros que abogan por un modo de vida más humano a lo largo de la frontera, son de un especia muy diferente a los muchos, muchos otros de nuestro país que temen, estigmatizan y cazan a los inmigrantes.

Para Eduardo, la pérdida de las banderas es doloroso—y costoso. “Por alguna razón,” Eddie comentó, “a los vándalos les gusta robar la bandera. Supongo que no aguantan el hecho de tener que ver que el inmigrante en un ser humano, alguien que merece la protección de una Cruz Roja.”

El atardecer empezó a crear sus largas sombras, y nos fuimos, dejando a esta buena gente terminar su trabajo. A medida que el viento gemía a través de este lugar tan solitario, me di cuenta de cómo la bandera de la Cruz Roja que exponía contra el cielo azul. Se estaba diciendo, en Humano, “¡Oiga! Detente, y toma una copa de agua. Para llegar a donde vas, los vas a necesitar.”

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