Santificado Sea Tu Nombre

Way of the cross and border patrol April 9 2004He estado buscando la palabra que describa a un padre de familia cuyo hijo le ha sido arrebatado.

¿Qué nombre se le da a una mujer africana cuya hija pequeña le ha sido arrancada por una redada de Boko Haram, o a aquel padre mexicano a cuyo hijo de dieciséis años han asesinado a balazos, o a aquella pareja de Washington DC cuyo hijo de trece años ha desaparecido? Pareciera no haber palabra, al menos en inglés, que distinga a estos padres de aquellos que sí tienen su hijo para abrazarlo por la mañana, a su pequeño que necesita que le abrochen la camisa, o su pequeña esperando que le trencen el pelo.

Me di cuenta de la ausencia de este término la tarde del domingo pasado, mientras daba un paseo a pie. Pasando por un parque de la localidad, me percaté de una mujer joven que jugaba a “los encantados” con su pequeña hija. Sus carcajadas se desplegaban por todo el parque bajo el dorado sol vespertino; una afirmación de la vida.

Fue la tarde del Domingo de Ramos, la que daba inicio a la Semana Santa, y al recuerdo solemne de la Pascua: ese tiempo en el que el ángel dio muerte a los egipcios para dejar escapar a las familias hebreas, protegiéndolas y, luego, subsecuentemente, para darles a los judíos el final impetuoso de liberarlos de la esclavitud del faraón, para así pasar a una vida nueva como seres libres.

Alguna vez alguien me dijo que el término “Pascua” quiere decir “estar protegido mientras se está siendo renovado.” Me gustó esa definición, y la recordaba completamente mientras veía a aquella niña pequeña, que irradiaba total felicidad en la presencia de su madre, de quien manaba un “¡Estoy protegida!” Dejé volar mi imaginación hacia un corto tiempo atrás, cuando esta madre dio a luz a esta niña, y entonces comprendí que al dar vida, esta joven madre estaba siendo hecha de nuevo. Todos estos acontecimientos, en conjunto, tan cotidianos y comunes, sin embargo, tan llenos de santidad – algo proveniente de Dios.

Esta experiencia contrastaba completamente con las vividas semanas atrás, de las cuales la única palabra que viene a mi mente para describirlas es “crueldad.” Primero, estaban las amenazas a los padres de los refugiados centroamericanos por parte del Secretario de Seguridad Nacional (Homeland Security) John Kelly. Los Estados Unidos, dijo, podría considerar separar a los de sus padres a los hijos de centroamericanos si estos se atrevieran a pedir asilo. Aunque la amenaza de esta acción fue encubierta detrás de una cuestionable invocación a la seguridad nacional, y a pesar de que Kelly se retiró de este intento de hacer daño, me parece malvado que un hombre con ese poder, considere posible el secuestro como un método viable de aplicación de la ley.

No obstante, a otros, envueltos en el negocio de la seguridad nacional, pareciera no importarles las implicaciones éticas, y continúan buscando formas en las que puedan seguir explotando a centroamericanos. El grupo GEO, una empresa de prisiones privadas, empeñados en hacer dinero a costa de los inmigrantes detenidos, apelaron ante el Texas House State Affairs Committee, la semana pasada, en favor de pasar una ley en la que se les otorgaría una licencia para la apertura de “Baby Jails” (Cárceles bebé) – como CARA pro-bono Project las llama. La empresa GEO necesita la licencia para que se les permita tener a los niños pasado el límite de tiempo permitido por la ley y, de este modo, poder obtener más ganancias por cada día extra que una familia pasa en la cárcel.

El testimonio de aquellos en contra de esta idea fue apabullantemente a su cometido; el testimonio de GEO fue una mentira perturbante. La encargada de la prisión se presentó como “la directora del programa”, y habló hermosamente de la “barra de ensaladas con dos tiempos” que la cárcel ofrecía a los presos. Otro “activista” a favor del proyecto habló de los 200 empleos que se perderían si a la baby jail se le forzara a cumplir con los estándares mínimos para mantener a los niños reclusos. El contraste entre la preocupación por el bienestar de las familias y el bienestar de los accionistas de GEO paso desapercibido.

Los testimonios se prolongaron por horas; de todo lo que vi, no recuerdo una sola pregunta o expresión de preocupación de parte de los miembros del comité en referencia a las condiciones a las que se someten las familias y los niños en estos lugares. Las cuestiones se centraban más bien en cuánto dinero hacía la empresa, cuantas instalaciones estaban operando, y ¿qué se supone que íbamos a hacer nosotros (¿los texanos? ¿Estados Unidos? ¿La comunidad de Believers?) con “esta gente” si no podíamos encerrarlos?

Si fueran los hijos de los empresarios del grupo GEO, o las familias de los legisladores las que fueran a ser encerradas o separadas, el proceso hubiera sido completamente diferente, incluso uno inconcebible. Nuestra imaginación social fallida, o el achicamiento colectivo de nuestros corazones sugiere (que “esos” niños pudieran ser “nuestros” hijos) muy difícil, si no es que imposible.

La Semana Santa, para los cristianos, termina con la celebración de la Pascua de Resurrección, la celebración litúrgica de lo imposible, la decisión de Dios de entregar a su hijo la vida eterna. La resurrección, considerada como un factor histórico por un enorme número de personas, debería ser socialmente transformador, una garantía de parte de Dios, como lo es, la intrínseca divinidad de cada ser humano. El mundo, especialmente el mundo de pobreza y despojo, continúa esperando esta transformación de corazones, de mentes, y de políticas. Siempre ha habido señales de que ese proceso está arraigado en el mundo, pero siempre parece haber quien se empeña en negar esa fe. Hay Semanas Santas, y hay muchas más que no lo son.

Los que vivimos en la frontera tenemos la fortuna de toparnos con eventos desconocidos en otras regiones del país. Tenemos la oportunidad de conocer a gente de gran valor, que ha dejado sus pertenencias y sus casas ancestrales para salvar su vida y la de sus hijos. A veces nos toca rezar con personas que viven el horror y la angustia de estar lejos de sus hijos. A veces nos toca conocer, en nuestra tierra tan especial, a alguien cuya circunstancia no tiene nombre – a una madre cuyo hijo le ha sido arrebatado, tal vez por un cartel de la droga, o quizá por la violencia en su país de origen, o acaso por las dificultades del viaje por México, o quizá por manos de los agentes de la patrulla fronteriza (ICE). El ángel del Señor no ha protegido a esas familias de esa triste tragedia en particular.

Mientras esta Semana Santa nos transporta a las celebraciones de la muerte y resurrección de Jesucristo, creo que es apropiado reconocer la santidad de aquellos que han sufrido el inhumano robo de un niño por parte del Estado. A su manera, muy específica, son parecidos a Dios, habiendo sufrido lo que sufrió Dios el Viernes Santo – el robo de su propia carne, el secuestro de quien tanto ama, la pérdida de una razón para vivir.

Algunos de nosotros esperamos ese día en el que no habrá necesidad de un término para los padres que han perdido a sus hijos. Esperamos ese día en el que ese momento impensable ya no ocurra más, y esperamos también por esa idea imposible de suplicar por alas para tomar el vuelo y pasar y proteger a aquellos que aún se encuentran en riesgo de esta tragedia que necesita un nombre.

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